viernes, 9 de mayo de 2014

PLAYA

El ocaso,
con su fuego impreciso
cobija
los escombros de la luz
bajo la resina
recóndita
del mar
y entre las olas,
barricadas de espuma,,
la mirada
perpetua del sol
descubre
vestigios de caballos insomnes
y magnolias de ámbar.
Sentada
sobre la arena
recorto con mi dedo índice
las nubes que,
en el cielo,
semejan
insectos fabulosos.
La noche
tatuada de islas
saca de su morral
viejas constelaciones,
guirnaldas de perfumes,
ajorcas de plata húmeda,
calamares de sal,
peces inmóviles.
El agua
lame mis pies,
voy a tu encuentro,
descalza por la arena
preñada de rocío,
sobre
una alfombra leve
regada de presagios
y planetas desnudos.

Ana María Garrido

martes, 3 de abril de 2012

LLUVIA

Intima persuasión
de la lluvia
pertinaz,
agorera,
terrosa,
terrenal,
territorial,
omnímoda,
ososa,
osario quieto,
barco encallado
de la luz acústica,
Alhambra,
abeto ciego,
martirio,
krill de ausencia,
simbiótica guitarra,
terrón tenso
de tendones humeantes,
barbijo de la luna,
fatigado
folíolo
del viento.


Ana María Garrido

lunes, 5 de septiembre de 2011

HAIKU

I

La luna pinta
con luz de fina plata
la piel del río.


II

Las luciérnagas,
farolitos móviles
en la noche azul.

Ana María Garrido

viernes, 21 de enero de 2011

HUELLAS DE OTRO TIEMPO

A la luz
de las velas
azarosas como el viento,
los brazos de la lluvia
se elevaban
en señal de alabanza
o de callada súplica.

Los árboles entornaban
sus párpados desnudos,
condenados
a concebir la pura magia,
las terrestres manzanas,
los duraznos aéreos
con piel de sobresalto,
los plátanos sedientos.

Es posible encontrar
en los frutos
de mirada paciente
las huellas
de otro tiempo
en que el cielo
campeaba en nuestra vida
sin duelo ni presagio,
como un tibio
arrebato de palomas.

Hoy, la acritud
de los viejos enseres
arrumbados
en la casa gris
de la memoria,
no nos salva
del naufragio de los días,
el silencio piadoso
no alivia
nuestras llagas ocultas,
el puñado de luz
acumulado
en nuestra vida breve
no guía nuestros pasos
en la honda
tiniebla del destierro.

Ana María Garrido

viernes, 27 de noviembre de 2009

CONCIENCIA DE LA LUZ

Del pasado infructuoso,
voraz,
irrefutable,
sólo conservo
la remota conciencia
de la luz,
el azur que convive
con la callada mácula
del tiempo que se funde,
se funda,
se fusiona
feroz,
desaprensivo,
errático,
mutable,
sin alas,
sin cadenas,
sin espejos sedientos
de imágenes fugaces,
a estribor de la tarde
y su tácita muerte
ataviada de sombras
en las copas del viento.

El vino de los días
trae su propio augurio,
su profecía exacta,
su secreto más hondo,
la fútil complacencia
de los años
y su arcana
razón de pertenencia.

Cuando llega la noche
a celebrar sus bodas
de sombra penitente,
la memoria impiadosa
libera los fantasmas
con sus puñales ávidos,
sus pieles de borrasca,
el agobio
de sus ojos desnudos.
Encallan
su navío tenebroso
en las aguas del sueño
para que la vigilia
sea un puerto ilusorio
con dársenas de llanto.


Ana María Garrido

miércoles, 21 de octubre de 2009

LOS CAMPANARIOS- cuento de Ana María Garrido

"Si no levantas los ojos, creerás que eres el punto más alto". ANTONIO PORCHIA

Olvidaron el canto. Mataron al pájaro de las plumas azules porque olvidaron el canto. Lo colgaron de un pino silvestre, lo quemaron en una hoguera de niebla, le arrojaron dagas de fuego en el crepúsculo o algo así. Lo cierto es que lo mataron porque olvidaron el canto.
Olvidaron la música. Destruyeron la flauta mágica de los nueve orificios porque olvidaron la música. La partieron en dos, la arrojaron a la hoguera junto al pájaro, la dejaron caer en el mar o algo así. Lo cierto, es que la destruyeron porque olvidaron la música.
El pájaro de las plumas azules, muerto ya, fue a morar del otro lado del espejo, lugar reservado para las almas que no tienen culpa.
La flauta mágica de los nueve orificios, la única flauta con alma -era su alma la que brotaba en cada soplo de viento-, destruida ya, fue a morar del otro lado del espejo, lugar reservado para las almas con música.
El pájaro de las plumas azules sopló y la flauta se quejó con una voz pequeña... La música dibujó abejas transparentes.
Entonces, el pájaro pidió un deseo. Quiso tener plumas de cristal que no se rompieran ni siquiera con el vuelo más frenético. Le fue concedido.
El pájaro movió sus alas. Quedó maravillado. De sus plumas de cristal brotaba una música de campanario encantado. El pájaro movía sus alas y las campanas de sus plumas echaban a volar aquella música. El pájaro voló de júbilo y el aire del espejo se llenó de campanarios azules.
En tanto, en la tierra, los que olvidaron el canto, los que olvidaron la música siguieron matando pájaros. De nueve en nueve los mataban. Uno por cada nota de la flauta. Cada tarde mataban nueve pájaros. Los colgaban de un pino silvestre, los quemaban en una hoguera de niebla, les arrojaban dagas de fuego en el crepúsculo o algo así.
Lo cierto es que, si la primera muerte les dio pena, las sucesivas muertes se volvieron un rito. El aire de la tierra se fue quedando solo. Y todo era silencio. Era un silencio oscuro, un silencio triste.
Los que olvidaron el canto, los que olvidaron la música se dedicaron a cultivar los campos. Pero el silencio los volvía áridos y nada sacaban de los campos.
Los que olvidaron el canto, los que olvidaron la música se dedicaron a la pesca. Pescaban internándose en el mar. Pero el silencio ahuyentaba a los peces. Y nada sacaban del mar.
Siguieron matando pájaros. De nueve en nueve los mataban, uno por cada nota de la flauta. Cada tarde mataban nueve pájaros. Hasta que vaciaron el aire de pájaros. El silencio se volvió espeso. El silencio se volvió áspero. El silencio pesaba tanto que les doblaba las espaldas.
El aire del espejo temblaba de campanas. Y he aquí que celebraron consejo. Entonces, tuvo lugar la venganza de los pájaros. Tras una nota de la flauta, el azogue se corrió como una pesada cortina de plata y los dejó pasar.
El aire de la tierra tembló de campanadas. La tierra toda se estremeció en una enorme campanada azul.
Los que olvidaron el canto, los que olvidaron la música por primera vez tuvieron miedo. De uno en uno los iban matando los pájaros. Los inundaron de música. Los ahogaron de música. Hasta que la tierra quedó vacía de hombres. Y los pájaros, por primera vez, tuvieron frío. Los pájaros, por primera vez, se sintieron solos.
Con una nota de la flauta volvieron a poblar la tierra. Pero estos hombres no eran como aquellos. No era sangre lo que corría por sus venas: era música.
Los hombres amantes del canto comenzaron a construir sus casas en los árboles. Pero los pájaros ya no volaban. Cómo volar sin hacerles daño. Cómo volar sin ahogarlos de campanas.
Hasta que un día, los pájaros lograron con sus alas hacer una música absoluta. Que se parecía al silencio, pero era un silencio hermoso. Era un silencio mágico.
Los pájaros volvieron a volar por el aire de la tierra, y los hombres amantes del canto se sentaban en los parques y en las plazas para escuchar aquel silencio mágico que brotaba de las alas de los pájaros.
Durante la noche, a veces, algún pájaro deja volar por error alguna campanada nostálgica. Y los hombres amantes del canto, que no conocen la historia, se encogen de hombros y dicen que es el viento.

domingo, 17 de mayo de 2009

"Nadie es luz de sí mismo: ni el sol." Antonio Porchia (De su libro "Voces")

EPIDERMIS

Es imposible atrapar
el humo despoblado,
ahuyentar los fantasmas
diseminados en las calles desnudas,
acallar a los testigos ciegos
que palparon el agrio territorio nocturno
y gritaron a quien quiso escucharlos
que el sueño es una trampa
semejante a la muerte.
No hay manera de auscultar
el corazón de las rocas sedientas
ni sujetar las hélices del viento
que huele a quemazón,
a selvas incendiadas,
a verano con piel de catapulta.
En los ataúdes del silencio
la distancia oculta a sus amantes
de cabellera exánime y dedos ancestrales
que destejen la lluvia.
La soledad esgrime sus sables ateridos.

Cuando el tiempo pregunta
por sus cosas perdidas,
sus papeles secretos,
su desdentada música
el latido impreciso de los viejos relojes
arrumbados en el fondo del mar
despierta a los volcanes olvidados
en inhóspitas islas
y cubre la epidermis del planeta
con su grave mortaja de diluvio.


Ana María Garrido